lunes, 16 marzo, 2026

Día 827: Un relato cada vez más averiado

La vuelta de la inflación en alza, la continua caída de la actividad y el empleo, en conjunto con los recientes descubrimientos en el caso Libra, sumados al escándalo Manuel Adorni, dejan al relato libertario en serios problemas. El Gobierno sostiene su narrativa en dos pilares: que Javier Milei prometió bajar la inflación y que lo están haciendo los libertarios, que no son políticos tradicionales, no son los mismos de siempre y, por lo tanto, no tienen sus prácticas.

Las bases del Gobierno le daban fuerza en dos sectores de la sociedad argentina. A los sectores populares, les dio un resultado concreto con la baja de los números inflacionarios que estaban liquidando sus ingresos y, a la clase media, fundamentalmente en sus nichos antiperonistas, una identificación con las banderas de la honestidad y la convicción de estar del lado correcto de la historia.

Estas dos torres de las narrativas libertarias están asediadas por las investigaciones periodísticas y los números de la economía, que además, luego del alejamiento de Marco Lavagna del Indec, están recubiertos de un manto de sospecha aún mayor. Es decir, la inflación lleva nueve meses sin bajar y, al haber retrasado el cambio de cálculo, seguramente sea mayor aún, pero no sabemos cuánto.

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La última vez que la inflación mensual registró una baja respecto al mes previo fue en mayo de 2025, cuando descendió al 1,5% (viniendo de un 2,8% en abril). Desde junio de 2025, la tendencia ha sido de estancamiento o de incrementos leves, pero constantes, acumulando ya nueve meses consecutivos sin registrar una marca inferior a la del mes precedente.

Volviendo sobre los escándalos de corrupción, los nuevos descubrimientos del caso $Libra, relacionados a un supuesto contrato firmado entre Milei y Hayden Davis y chats descubiertos de Mauricio Novelli que presuponen también un acuerdo con el Presidente, ya están tapando lo sucedido con Adorni. Tal es así que el propio jefe de Gabinete tuvo que salir a defender al Gobierno en una entrevista con Luis Majul en LN+. «Nos atacan porque estamos cambiando la Argentina«, dijo.

Si analizamos el discurso de Adorni, es la misma estructura que la de Cristina Kirchner: “Ellos, los malos, los que quieren que todo siga igual, nos atacan para frenar el bien que le hacemos al pueblo”. Es decir, la Justicia, gran parte del periodismo, miles de estafados en el caso $Libra y peritos de toda clase odian al Gobierno y fueron operados por la oposición para sembrar mentiras con el objetivo de destruir a Milei y compañía.

La versión más simple, y la que tiene más indicios de ser real, no es esa. Es que efectivamente hubo algún tipo de delito, o que al menos eso parece, y por eso la Justicia y los periodistas investigamos. La hipótesis de una gran conspiración es poco plausible y no tiene elementos de la realidad de dónde agarrarse.

Este proceso de degradación narrativa se comporta como un cuadro clínico de falla multiorgánica. En la patología política, cuando un órgano vital (en este caso, la estabilidad económica) comienza a fallar, la presión se traslada inmediatamente al siguiente sistema para compensar el déficit.

La inflación, tras nueve meses de resistencia a la baja y bajo la sospecha de una contabilidad alterada, es el órgano averiado que ha dejado de oxigenar el bolsillo de los sectores populares. Ante esa asfixia, el sistema inmunológico del Gobierno, su pilar de superioridad moral y honestidad, debería haber actuado como defensa, pero los episodios de Adorni y el caso Libra revelan que ese tejido también está comprometido.

El «síndrome libertario» muestra así su avance: la falla en la gestión económica genera una congestión en la credibilidad ética. Cuando la realidad de los números deja de ofrecer resultados, el Gobierno sobreexige a su aparato retórico, pero este ya se encuentra debilitado por metástasis de vieja política.

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El caso Adorni no fue una afección aislada, sino un síntoma centinela. En medicina, un síntoma de esta naturaleza anuncia una enfermedad subyacente más grave; es la señal de que las barreras de defensa han sido vulneradas. La respuesta oficial, calcada de la inmunología defensiva del kirchnerismo, el «nos atacan porque transformamos», no es más que una reacción febril: un intento desesperado del cuerpo político por elevar la temperatura del conflicto para ocultar que sus órganos centrales están dejando de funcionar.

La caída del sistema inmunológico es evidente. Al perder la capacidad de diferenciarse de «los mismos de siempre», el oficialismo queda expuesto a cualquier patógeno externo sin antibióticos narrativos que funcionen. La sospecha sobre el Indec y la acumulación de causas judiciales actúan como una infección que se propaga por un organismo que ya no tiene fuerzas para regenerar su mística original.

El anuncio de hoy no es el fin del proceso, es la confirmación de que la debilidad es estructural. Cuando el síntoma se vuelve crónico y el diagnóstico de corrupción se cruza con el de la impericia económica, lo que queda es un relato averiado que, en su intento por sobrevivir, termina por agotar las últimas reservas de confianza de una clase media que ya no distingue entre el tratamiento prometido y la enfermedad que juraron erradicar.

En relación con la política y la necesidad de un relato, es interesante reflexionar sobre la relación entre política y verdad. Si redujéramos la política a una definición totalmente simple, diríamos que la política es el arte de convencer a las personas para cambiar algún aspecto de la realidad.

Es decir, volviendo a las metáforas médicas y retomando una analogía que hicimos en una columna anterior, imaginemos que tenemos que ir al médico y, producto del tratamiento que nos están haciendo, nos sentimos peor. Esto nos pasó muchas veces, inclusive con problemas menores como una lastimadura que duele más cuando se le echa desinfectante, por ejemplo.

Sin embargo, como creemos en los médicos y en su discurso académico, a pesar de que objetivamente nos sentimos peor que cuando fuimos, confiamos en que todo saldrá bien. Afortunadamente, en medicina hay un solo médico y no una asamblea de todos ellos, ofreciendo diferentes tratamientos y acusándose de mala praxis unos a otros.

Esto es la política: diferentes médicos queriendo salvar o mejorar a un paciente, que es la Argentina, que no tienen acuerdo ni con el diagnóstico ni mucho menos en el tratamiento. Nosotros somos los familiares directos del paciente y vamos eligiendo diferentes médicos según si logran convencernos, pero la mejora de nuestra querida Argentina nunca llega.

Ahí es donde entra el relato como elemento indisociable de la política. Cada médico nos dice que la culpa es del anterior o de las características de la enfermedad. Esto puede ser más o menos cierto, pero si creemos lo que nos dicen, actuaremos en consecuencia y, finalmente, eso es lo más importante. Para que creamos lo que nos dicen, los políticos construyen un relato sobre sí mismos. En el equivalente del médico, es colgar todos los títulos que se tienen en el consultorio o mostrar los testimonios de pacientes satisfechos.

Ahora, si nosotros fuéramos al cardiocirujano y nos diéramos cuenta de que los títulos colgados son falsos, ¿nos operaríamos el corazón con ese seudoprofesional o buscaríamos otro? Esto le está pasando a Milei: los escándalos de corrupción y los números inflacionarios hacen dudar sobre los elementos claves de su relato.

Ahora, ¿cuál es la reacción del médico cuando se descubre que es un charlatán? En el Argentina Week, Milei dijo: “Rocca y Madanes, en connivencia con políticos ladrones, atacaron a los argentinos, pero eso se terminó, se terminó la Argentina corrupta”.

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Sigmund Freud describió un mecanismo de defensa denominado formación reactiva: un proceso donde el sujeto desarrolla una actitud o comportamiento que es exactamente lo opuesto a un deseo o rasgo inconfesable que le genera ansiedad. Es el caso del tartamudo que, ante el pánico de su propia debilidad, se sobreesfuerza hasta convertirse en un orador hiperbólico, como un Demóstenes moderno, pero sin la sustancia del mensaje, solo con la cáscara del volumen.

En Milei, este mecanismo ha sido el motor de su ascenso, pero hoy parece ser el síntoma de su agotamiento. El líder que se percibe a sí mismo en la fragilidad más absoluta, esa que dan los datos negativos que él conoce un mes antes que el resto de los mortales, reacciona luciendo, a través de los gritos, como el más fuerte de la selva. Sin embargo, la técnica del estrépito tiene una falla biológica: genera tolerancia. Como cualquier narcótico discursivo, cada vez precisa una dosis mayor, un adjetivo más violento, un enemigo más caricaturesco, hasta que el contenido se evapora y solo queda el grito patético.

Lo vimos en el Argentina Week. ¿A qué responde esa obsesión repentina contra los «empresaurios» en un foro donde, lógicamente, debería primar la seducción de inversiones? La hipótesis más plausible es que estamos ante una reacción alérgica a la realidad. Milei sabe que el órgano de la inflación ha dejado de responder y que el sistema inmunológico de su «superioridad moral» está perforado por el caso Libra, los manejos de Adorni y la corrupción en Andis. Ante la evidencia de su propia incapacidad para sanar al paciente, el médico no revisa el tratamiento; insulta a los familiares y a los laboratorios.

Esta fase de «ataque a los empresarios» es la externalización de una culpa que ya no puede contener. En la formación reactiva, cuanto más profunda es la duda interna sobre la propia competencia, más feroz es la demostración externa de autoridad. El grito ya no busca convencer al otro, sino acallar la voz interna que le recuerda los números del Indec y los chats de Novelli. Es el estrépito que intenta tapar el silencio de las inversiones que no llegan y de los precios que no bajan.

La política, que definimos como el arte de convencer para transformar, se transmuta aquí en una patología del poder. Cuando el relato se avería, el político deja de ser un cirujano para convertirse en un chamán que culpa a los espíritus malignos, los periodistas, la justicia, los «empresaurios», de que su danza de la lluvia no funcione. Pero el paciente, la Argentina, ya no está para rituales.

Los sectores populares, que compraron el alivio temporal de una baja inflacionaria que resultó ser un espejismo estacional, empiezan a sentir el rigor de la infección persistente. La clase media, por su parte, observa con horror cómo el médico que prometía honestidad académica utiliza las mismas artimañas de los «charlatanes» que juró desplazar.

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El problema de sostener un gobierno sobre la base de una reacción febril es que la fiebre, tarde o temprano, consume al propio cuerpo. El sistema inmunológico libertario, hoy caído, deja al descubierto una estructura política que no tiene órganos de repuesto. No hay cuadros técnicos que no estén bajo sospecha, no hay un plan B que no sea profundizar el dolor del tratamiento, y no hay más narrativa que la de una conspiración universal.

Pero, en el silencio de las góndolas y en la frialdad de los expedientes judiciales, ese ruido empezará a sonar como lo que realmente es: el último estertor de un relato que ya no puede ocultar su propia avería estructural. El grito de Milei contra los empresaurios y los políticos chorros es equivalente al de Cristina Kirchner cuando dijo que no sería mascota de Héctor Magnetto, ante el obvio desenlace de la causa Vialidad. «Usted me quiere presa o muerta», declaró en 2022.

La estructura es la misma, pero es interesante cómo los dos relatos se anulan entre sí. Según Cristina, el establishment mediático, judicial y empresarial argentino la quiere presa o muerta por sus políticas. Milei y los libertarios dicen algo muy parecido; tal vez cargan menos las tintas contra la justicia, pero en general es la misma estructura: el poder de la Argentina me ataca porque estamos cambiando el país.

Ahora, es obvio que las políticas del kirchnerismo y de los libertarios son opuestas. Entonces, la supuesta conspiración entre empresarios, medios y jueces estaría en contra de los kirchneristas y de los libertarios porque sus políticas benefician a la sociedad, pero sus políticas son contradictorias, y parte del relato de ambos bandos es que las políticas del otro son perjudiciales para la sociedad.

¿Cómo hacen para explicar esto? ¿Que los dos están en contra de los sectores empresarios y los medios? ¿No será que ambos investigan o se oponen a las políticas que consideran erróneas, independientemente de quién las haga? ¿No será que, efectivamente, la opinión más obvia es la más plausible?

Cuando se cae un relato es un momento amargo. Es decir, para parte de la sociedad que confía en un gobierno o un político, descubrir que muchas de las cosas que se decían eran falsas, exageradas o directamente mentiras es una experiencia desagradable que genera descreimiento en la política en general. En ese sentido, nuestra función como periodistas muchas veces es ingrata. En palabras de Alejandro Dolina, somos muchas veces los amargos refutadores de leyendas.

Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

TV/ff

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