La actriz Julia Calvo protagoniza junto a Juan Gil Navarro la obra Misery, adaptación de la novela de Stephen King, y trabaja en la ficción de HBO Max Margarita. En diálogo con este medio, habló sobre su personaje, su vínculo con Cris Morena y sus proyectos.
La entrevista a Julia Calvo transcurre en el bar del hotel ubicado frente al teatro Metropolitan. Faltan tres horas para la función de Misery, obra que protagoniza junto a Juan Gil Navarro bajo la dirección de Manuel González Gil. Calvo llega relajada, viste una remera de Sumo, pide un té y comienza la charla.
A sus 65 años, Calvo repasa su trayectoria en televisión, teatro y realities. En teatro, protagoniza Misery; en streaming, trabaja en Margarita, ficción de HBO Max creada por Cris Morena.
—¿Cómo surgió la propuesta de Misery?
—Yo estaba cocinando, mientras grababa MasterChef, cuando me llamaron para ofrecerme Misery. Lo primero que hice fue contárselo a Walas, que estaba al lado mío en el estudio. Me respondió: “Es perfecto para vos”. No había visto la película ni leído el libro. Mi referencia era el afiche de la puesta que se había hecho en Buenos Aires con Rodolfo Bebán y Alicia Bruzzo. Le pregunté al director si convenía verla y me dijo que no, que prefería que no modificara mi intuición al leer el texto.
—¿No ver la película le permitió acercarse a Annie Wilkes sin quedar condicionada por la interpretación de Kathy Bates?
—Sí. Mi Annie parte de la lectura de la obra y de mis propias impresiones, pero también estuvo orientada por Juan (Gil Navarro) y por Manuel (González Gil). A medida que avanzábamos aparecían distintas caras del personaje. Manuel me decía: “No me imaginaba esta cara de Annie, pero probemos”. No quería defenderla ni juzgarla. Encontré una mujer con un problema enorme de abandono social, familiar y cultural, más allá de su enfermedad mental.
—¿Qué fue lo que más le interpeló de Annie durante los ensayos?
—La soledad que puede existir detrás de ciertas enfermedades y la necesidad de inventarse un universo para no quedar completamente afuera de la sociedad. También pensé en cómo cambió la relación entre los admiradores y sus ídolos. Cuando yo era chica y admiraba a Robert Redford, lo más cerca que podía estar era mirando fotografías. Hoy las redes hicieron desaparecer esa distancia.
—En la obra pasa de la comicidad al terror y del llanto a la risa en segundos.
—Es algo que me encanta hacer. Me gusta el cambio de ritmo. Me fascina que una misma escena comience en comedia y termine en llanto, o viceversa. Algunos colegas me preguntan cómo paso de una cosa a otra y eso me provoca una especie de abismo muy placentero.
—En televisión tiene una trayectoria importante con Cris Morena.
—Si Cris me llama es un sí, y después escucho la propuesta. Muchos años de trabajo juntas, sabiendo la calidad humana y profesional que tiene. Para Margarita me llamó un año antes de comenzar a grabar. Yo estaba empezando la segunda etapa de Piaf y le contesté que no importaba cuándo fuera, que lo hacía. Después volvió a llamarme y me contó que posiblemente grabaríamos en Montevideo y que eso implicaba unos cinco meses viviendo allá. Le dije que sí. Confío mucho en ella. Tiene la humildad de consultarme, incluso me dice: “¿Me cuidás a los chicos?”.
—Trabajó con Lali Espósito, China Suárez y Agustín Sierra, entre otros. ¿Era un faro para ellos?
—No sé. Tampoco me gusta dar consejos ni hacerme la maestra siruela. Quizás puedo servir de ejemplo por tantos años de trayectoria, pero me gusta que lo vean solos. Si veo que a alguno le cae una ficha, me gusta señalárselo y explicarle por qué. Peter Lanzani me genera muchísimo orgullo. Lo conocí cuando todavía se preguntaba por qué no le daban una canción o le sacaban escenas. Lo mismo con Lali. Me siento un poco la tía de ellos.
—¿Qué aprende de las nuevas generaciones?
—Aprendo muchísimo de sus modos, ideas y proyectos. Del modo de hablar, definitivamente no. Siendo hija de una profesora de Lengua, tengo cosas que no negocio. A veces me dicen que soy retrógrada y yo digo: “Bueno, sí, discúlpenme”. Me divierten los lenguajes nuevos, pero no puedo subirme a todos esos caballos. El “lore”, “farmear aura”, “descansar”. Lo que me gusta de los jóvenes es que me hacen volver a los colores primarios. Yo vivo en quinta velocidad y ellos me obligan a bajar a segunda.
—Entre Piaf y Margarita, apareció MasterChef. ¿Qué la llevó a aceptar un reality de cocina?
—Cuando me llamaron les dije: “pero yo no cocino”. Me contestaron: “No queremos a Maru Botana, te llamamos para que seas vos”. Hablé con mis representantes y decidimos hacerlo. Terminé descubriendo un mundo que no conocía y aprendí muchísimo. Hoy abro la heladera y, con lo que hay, pienso qué puedo inventar. También descubrí ingredientes que empecé a usar, como la salvia y el comino. Las remeras que llevaba, de bandas como Queen o Los Beatles, también se convirtieron en parte de la experiencia. La gente preguntaba de dónde eran y yo aprovechaba para pasarles el contacto del emprendimiento que las hacía.
—¿Cómo fue atravesar un formato tan exigente e inédito para su experiencia?
—Estuve casi cuatro meses y más de una vez pensé en renunciar, pero no por el cansancio. Para mí grabar 10 o 12 horas no es algo extraño porque vengo de la televisión diaria donde se grababa durante 14 horas. Lo difícil era el formato y la presión de tener que resolver algo que no dominaba. En el resultado final siento que no rendí como podría haberlo hecho, pero la experiencia me encantó y me sirvió. Tampoco me volví una eximia cocinera.
—MasterChef es una referencia gigante. Pese a trabajar con Elena Roger en Piaf y con Facundo Arana en Padre Coraje, ahora es “la que cocinaba”.
—Tal cual y me da mucha gracia. El otro día leí “La ex-MasterChef estrenó…”. Y pensé: “¿Cómo ex-MasterChef?”. Hubo un público inmenso que me descubrió detrás de una cocina y por ello empecé a sentir una popularidad diferente. Hay gente que me para por la calle y me cuenta que lloró cuando me fui, que le gustaba lo que cocinaba o que mis platos le hacían acordar a su madre o abuela. Entendí que, aunque haya salido novena, algo de ese paso quedó en la gente.
—Fue pilar de la televisión de los 2000 y ahora trabaja para plataformas. ¿Qué siente que cambió?
—Casi todo. Deseo muchísimo que vuelva la ficción a la televisión argentina. Antes había una producción enorme, se trabajaba durante meses y los personajes se iban probando incluso sobre la marcha. Cuando hice Padre Coraje, La Leona o Argentina, tierra de amor y venganza, teníamos una idea muy clara del arco del personaje. En las producciones de Cris, además, había una reunión donde te contaban cómo iba a ser la historia durante todo el año. Hoy las plataformas cambiaron esa dinámica. Se filma y después se lanza, pero el público extraña la ficción. Eran muchas horas, se ganaba menos dinero, pero había un placer creativo enorme.
—¿Cree que esa ficción puede regresar o es una época que ya pasó?
—Creo que va a volver porque esto es pendular. No es la primera vez que sucede. Hubo épocas en que parecía que todo eran talk shows y programas de panelistas, y después volvió la ficción. Ahora tenemos muchos realities y seguramente vuelva a cambiar. Va a regresar por una cuestión natural, por una necesidad y porque da fruto. Y, sobre todo, porque el público la agradece. Eso se ve también en el teatro, donde seguimos teniendo mucha afluencia de gente.
—¿A sus 65 años cómo vive esta nueva popularidad?
—Me sigo conmoviendo. No termino de asumir la idea de ser una figura o un referente. Es algo que soñé desde chica, pero me cuesta asumirlo. Lo disfruto. En la calle, por suerte, nunca me dijeron algo feo. Y eso contrasta bastante con las redes. A veces alguien me escribe algo horrible y puedo quedarme sin hablar durante dos horas. Cuando cocinaba aparecían comentarios como “andá a hacer lo que sabés hacer” o “no tenés ni idea”. La gente en las redes es muy hiriente y en persona es todo lo contrario.
—Para los actores de otra generación, las redes sociales son el talón de Aquiles.
—Soy un soquete. Hay cosas que no logro manejar. Me gusta poner corazones y responder cuando puedo, pero también me pasa que alguien me dice algo maravilloso y, de repente, aparece un comentario horrible y me quedo mal. A veces me piden videos de cumpleaños y, si no estoy presentable, que es casi todo el tiempo que estoy en mi casa, mando un audio. También aparecen propuestas extrañas y ahí soy bastante cautelosa porque me dan miedo las estafas. Además el teléfono nos escucha. Me pasó con Misery y ahora que se ve que le comenté a algún amigo que en octubre termina mi contrato de alquiler, me llegan ofertas de departamentos. El celular es una intimidad nueva, divertida pero rara.
—Después de más de cuatro décadas de carrera, ¿qué le queda por hacer?
—Para mí el premio es trabajar de mi profesión, que es mi vocación. Me encantaría interpretar algo sobre Janis Joplin, como aquella película La rosa, porque de chica yo jugaba en la cocina a que era Janis y todos los azulejos eran el público. Algún homenaje a la Negra Sosa. Quisiera tener la experiencia de trabajar en España. Queda mucho por hacer. Ahora tal vez vuelva a Ellas son tango, género musical que amo, sobre todo si interpreto a Nelly Omar.
Para agendar: Misery. Funciones: de jueves a sábados, a las 21.30, y domingos, a las 16.30. Teatro Metropolitan, Av. Corrientes 1343.
