El fenómeno ‘farmear aura’ se extendió de las pantallas a las calles en varios países de Latinoamérica y España. Reuniones de jóvenes que se enfrentan en batallas de presencia y carisma, con raíces en el lenguaje de los videojuegos, generan debates sobre identidad adolescente y redes sociales.
El fenómeno conocido como “farmear aura” pasó en pocas semanas de las pantallas a las calles. Jóvenes se reúnen para enfrentarse mediante poses, gestos, bailes o actitudes, con el objetivo de provocar una reacción del público y demostrar quién posee más presencia, carisma o capacidad para impresionar. El fenómeno, originado en el entorno digital y vinculado al lenguaje de los videojuegos, se ha extendido por distintos países de Latinoamérica y también ha llegado a España.
En Logroño, alrededor de 300 jóvenes participaron a finales de agosto en una de estas batallas. Dos adolescentes de 14 años organizaron el encuentro después de observar cómo la tendencia se reproducía en otras ciudades. Escenas similares se han repetido en Barcelona, Madrid y Burgos.
El psicólogo clínico uruguayo Martín Cuña, consultado sobre el tema, señaló que lo interesante de este fenómeno reside en la lógica que lo sustenta.
De los videojuegos a la identidad
“Farmear” proviene del ámbito de los videojuegos y hace referencia a repetir ciertas acciones para obtener recursos, experiencia o puntos y mejorar un personaje. “Aura”, en el lenguaje de las redes sociales, se utiliza para describir carisma, presencia, seguridad o magnetismo. La combinación de ambos términos convierte una cualidad subjetiva en una suerte de puntuación.
En las batallas, esa lógica se materializa: dos personas se enfrentan, representan un personaje, exageran movimientos o intentan mantener una actitud específica mientras el público decide quién logró más “aura”. Reírse, ponerse nervioso o romper el personaje puede significar perder.
Cuña explicó que en este fenómeno aparece una cuestión psicológica profunda, ya que durante la adolescencia una de las preguntas centrales es quiénes somos y cómo nos ven los demás. La identidad se construye también a través de esos “espejos sociales”. En la cultura digital, muchos de esos espejos ya no devuelven únicamente una mirada, sino cifras en forma de visitas, comentarios, seguidores o “me gusta”.
La comparación como marcador
El psicólogo estadounidense Leon Festinger planteó en los años cincuenta que las personas recurren a la comparación social para evaluarse a sí mismas. Las redes sociales multiplicaron esas oportunidades de comparación y las hicieron más visibles.
Un estudio de la Universidad de Alcalá indica que las comparaciones sociales en redes pueden relacionarse con la forma en que los adolescentes se evalúan a sí mismos. La American Psychological Association recomienda limitar el uso de redes sociales orientado a la comparación social y advierte sobre los riesgos asociados a patrones de búsqueda de aprobación en adolescentes.
El problema no es jugar
Cuña matizó que “farmear aura” no es necesariamente algo patológico. Puede ser un juego, una forma de creatividad, humor, improvisación o una manera de relacionarse con otros jóvenes. Algunos psicólogos que observaron estas reuniones destacan su dimensión social y creativa.
La cuestión aparece cuando la lógica del juego trasciende el juego mismo, cuando el marcador imaginario comienza a determinar la forma de vestir, hablar, qué mostrar, cuándo demostrar vulnerabilidad o cuánto se cree que se importa para los demás. “No se trata de señalar que una generación esté rota por organizar este tipo de eventos, sino de preguntarse qué ocurre cuando una necesidad humana tan antigua como la de sentirse reconocido se transforma en una competición permanente”, sostuvo Cuña. “Estamos entrenando a una generación a medir su valor en tiempo real y en público”, agregó.
El psicólogo afirmó que prohibir estos contenidos sería contraproducente y abogó por hablar sobre ellos con naturalidad. Sugirió preguntar qué se siente cuando un video funciona y cuando no, qué ocurre cuando uno se convierte en objeto de burla, o si alguna vez se ha sentido que mostrar una emoción hacía “perder”.
