El plástico nos devora. Esta en el aire, en los mares, en nuestro cuerpo. Lo expulsamos al toser, sudar, orinar, y claramente al pensar. De ahí que construyamos realidades maleables de baquelita: noticias de plástico, discursos de plástico, políticos de plástico, dictaduras de plástico. Hace un año, Rafa Nadal alcanzaba un acuerdo con el gobierno de “plástico” de Arabia Saudita como embajador turístico del país: “Mires donde mires, puedes ver crecimiento y progreso, y me entusiasma formar parte de ello”, expresó.
Tanto entusiasmo solo puede ser comprendido porque le pagan un “pastón”. Imaginen si lo hiciera gratis, que todo ese compromiso lo asumiera sin cobrar. Pensaríamos: «Se ha vuelto loco». No le perdonaríamos la defensa de un régimen donde se humilla, se tortura y se mata por disidencia política, social, de genero, por sexo, por diversidad. Por dinero es otra cosa. Es cierto que una fortuna le ayuda a uno a creerse lo que sea, pero que excusa puedes poner sí en lo económico ya lo tienes todo; solo te falta la “Ferrari” color berenjena.
Tradicionalmente Arabia Saudita ha encabezado las clasificaciones más nefastas en materia de derechos humanos. Entre 2018 y 2023, 556 presos fueron ejecutados, principalmente mediante decapitación. Desde 2016, el régimen se viene maquillando la cara. Utiliza el deporte como método de “sportwashing” o lavado de imagen, asociado a lo que hoy se llama “desfactualización”: aquello que consiste en enmascarar la realidad, en vaciarla de los hechos mismos y sustituirlas por narrativas emocionales que crean matices éticos.
El príncipe heredero y líder de facto, Mohamed bin Salmán, invierte cantidades millonarias en financiar eventos deportivos y a atletas de renombre para limpiar su reputación y ganar legitimidad en el escenario internacional. Una estrategia engrasada desde el Fondo de Inversión Pública, uno de los mayores fondos soberanos del mundo, con activos por valor de 600.000 millones de euros. El Dakar, la Fórmula 1, la Supercopa, el Liv Golf, la compra del Newcastle, son solo algunos ejemplos de su actividad frenética, sumado a los fichajes de Cristiano Ronaldo (Messi también fue embajador turístico) por 200 millones de dólares, de Neymar por 150 millones, y el de Karim Benzema por 100 millones.
Unas de sus últimas adquisiciones es la sensación del golf internacional, el español Jon Rham, que recibió 500 millones de euros por representar al país. Un Estado que no sale en las portadas por sus masacres de civiles en Yemen, ni por el ametrallamiento de mujeres y niños etíopes en sus fronteras, ni por los derechos pisoteados de sus mujeres, ni de personas LGTBI e inmigrantes esclavizados y denunciados por Human Rights Watch. Se muestra ante la opinión pública internacional estirando las piernas, haciendo deporte: una gambeta, un revés, un acelerón de neumáticos. Todo muy “cool”, muy aséptico.
A Mohammad al Shakhouri apenas le quedaban dientes el día que lo condujeron ante su verdugo. Se los habían arrancado con tenazas en violentos interrogatorios denunciados por Amnistía Internacional. El ciudadano saudí, condenado a muerte por participar en varias manifestaciones fue decapitado con sable junto a otros 80 hombres. En ocasiones, hay que preguntarse dónde están los esclavos para saber donde nacerá el próximo imperio.
No hay demagogo más descarado que la realidad. No sería descabellado que en un futuro próximo alguna titilante estrella del deporte internacional ofrezca su sonrisa promocionando un Nordelta con sus campitos de golf en la franja de Gaza. Esa zona gris del individuo donde se extingue todo residuo de piedad hacia el otro y la figura humana deja de conmover.
(*) Periodista, ex jugador de Vélez, clubes de España y campeón mundial 1979