Mano dura, 90 días de economía de guerra y el ghostwriter de Javier Milei

«Fede, hay un economista que te defiende en todos lados. ¿Mirá lo que dice en este artículo? Que sos un héroe, que gracias a vos el país evitó la hiperinflación que había dejado plantada Cristina”, le dijo un viejo amigo a Federico Sturzenegger.

Corrían los primeros meses de 2017. Ya por entonces, el presidente del Banco Central recibía cuestionamientos de parte de un sector del establishment, pero sobre todo de su propio gobierno, el de Mauricio Macri, lo que terminaría ayudando a su renuncia un año y medio más tarde, el 14 de junio de 2018. “Qué raro, todos me putean y este tipo que no conozco me reconoce algo que los demás no ven. ¿Por qué no lo invitamos a almorzar?”, le propuso Sturzenegger a su amigo.

Seis años después de aquel primer largo almuerzo en el Banco Central, el miércoles pasado, poco antes del mediodía, Javier Milei revisaba papeles en la Casa Rosada y recibía sugerencias sobre lo que sería el primer gran anuncio de su administración cuando le hizo un inesperado pedido a Sturzenegger, una suerte de reconocimiento. “Vení, sumate”, le pidió en el momento en que los asistentes presidenciales definían la puesta en escena para la presentación del Decreto de Necesidad y Urgencia.

Los ministros vestían todos en tonos oscuros y escuchaban indicaciones sobre cómo debían ubicarse para rodear al Presidente en lo que sería la presentación del decreto. Algunos parados, otros sentados. Sturzenegger se sorprendió cuando le dijeron que él también tenía que estar porque no ocupa cargos formales en el Gobierno.

Cuando entró al Salón Blanco de la Casa Rosada se miró a sí mismo: llevaba zapatillas y un saco celeste que su esposa le había aconsejado usar esa misma mañana. No parecía el look más apropiado para una cadena nacional. Los ministros lo cargaron. “¿Y qué quieren? Yo vine a laburar, nadie me avisó”, les dijo. Ya era tarde para cambios.

El economista se paró para la grabación, como le indicaron, a la derecha de Milei. Iba a aparecer en primer plano a las nueve de la noche, cuando se comunicara la apertura y desregulación de la economía. Era el único miembro sin cartera de las doce personas que escoltaban al jefe de Estado. “¿Cómo que no tiene cargo? Es el ghostwriter de Javier”, dijo uno de los hombres que trabajó en el anuncio de la reforma, que se compone de 336 artículos. Sturzenegger pudo haber sido ministro, pero no aceptó. Ambos acordaron que trabajaría desde afuera. Santiago Caputo, el gurú mileísta -otro que tampoco tiene cargos- le pidió que hiciera un raíd mediático para explicar los alcances del DNU.

El anuncio provocó un cimbronazo en todos los círculos de poder. Acaso, más por las formas que por el fondo, que muchos empresarios aplaudieron sin dar demasiado la cara, como si hubieran tenido algún tipo de información previa. Varios abogados constitucionalistas -a tono con un sector del peronismo, la UCR y de Horacio Rodríguez Larreta- denunciaron que el Presidente pretende arrogarse la suma del poder público para no pasar por el Congreso. Mauricio Macri y sus espadas en el PRO se diferenciaron. Apoyaron la movida del oficialismo y hasta le dieron herramientas mediáticas para la defensa que Milei hizo sobre el DNU: dijeron que ningún gobierno recibió tantos obstáculos al asumir en los últimos 40 años de democracia.

El Gobierno no piensa en dar marcha atrás con el DNU. Especula. Si alguna de las Cámaras del Congreso lo avala, se convertirá automáticamente en ley. Pero no aspiraría a tanto: le bastaría con que lo dejen en un cajón y lo dejen correr, como pasó -por ejemplo- en el período de Alberto Fernández, que firmó decretos desde mediados de 2022 hasta que abandonó la presidencia. Ninguno fue tratado por la Comisión Bicameral. Eso le da vigencia. El DNU solo puede perder estado si es rechazado por las dos Cámaras. “Si no nos apoyan, la oposición deberá pagar los costos políticos de ir en contra de la voluntad popular”, dijo Milei en la intimidad de su despacho. “Y hay más”, advirtió en radio Rivadavia.

El viernes, a última hora, el Poder Ejecutivo convocó a sesiones extraordinarias y mandó once proyectos con temas que no pueden ser incluidos en un decreto de necesidad y urgencia. Entre ellos: el que apunta a que unos 800 mil trabajadores vuelvan a pagar el Impuesto a las Ganancias, el de boleta única electoral y el de reforma del Estado.

Las tres cuestiones se abordaron en la primera reunión de Milei con los 24 gobernadores, el martes. Ganancias, incluso, fue utilizado como moneda de seducción por el Presidente. El impuesto es coparticipable. Uno de los gobernadores dijo: “Si nos devuelven esa plata yo me aseguro un mes y medio del pago de sueldos”.

Durante la exposición del primer mandatario -que parecía una clase y no una alocución política, al decir de uno de los referentes del Norte-, Milei aseguró que estaba dispuesto a volver a cobrar el impuesto y hasta a hacer él mismo el anuncio y pagar los costos de asumir el error de haber votado a favor de la quita hace solo tres meses. A cambio, pidió que lo acompañen con un severo ajuste en las cuentas.

Aunque en el encuentro hablaron 22 de los 24 gobernadores, Axel Kicillof fue el más claro. El bonaerense se plantó en la vereda opositora. “Yo no creo en los programas de ajustes”, afirmó. Y sostuvo que era injusto que su distrito sea el que más recursos aporta y el que menos reciba por un antiguo acuerdo, de 1988, entre Raúl Alfonsín y Antonio Cafiero.

Milei les contestó a todos, pero pareció hacer foco en Kicillof.“Yo soy bastante metódico y fui anotando los temas que plantearon. Voy a empezar por el gobernador de la provincia de Buenos Aires -dijo-. Entiendo que tengamos diferencias ideológicas, pero este es el plan que proponemos: no vamos a emitir un solo peso, no vamos a hacer obra pública si no hay plata y vamos a respetar a rajatabla el ajuste del gasto”.

El Gobierno impulsa, como mínimo, noventa días de economía de guerra. Apuesta a liberar la actividad y a que los precios se estabilicen una vez transitado ese período. La inflación podría superar el 100% en diciembre, enero y febrero. El deterioro del salario podría volverse pavoroso en los próximos meses. Solo en diciembre los sueldos caerían cerca del 10 % y sería el peor registro desde 2002.

“La meta es que en marzo empiece a bajar fuerte la inflación y se note que valió la pena el esfuerzo”, dicen en el entorno de Luis Caputo. Buena parte de la confianza que el ministro de Economía quiere inyectar se juega en ese lapso. Si hubiera un rebote inflacionario o si el dólar se disparara, la nueva administración podría quedar seriamente condicionada.

El kirchnerismo, la CGT y la izquierda prometen resistencia en las calles. El Polo Obrero dio una muestra el miércoles, aunque de modo deslucido para sus banderas trotskistas. Cortó menos calles y por menos tiempo y movilizó un número de gente menor al esperado. La amenaza de cortarle el plan social a quienes participaran de la macha surtió efecto. La decisión se comunicaba hasta en las estaciones de trenes. “Le copiamos el recurso a Massa”, bromearon en Balcarce 50.

Las fuerzas de seguridad desplegaron un operativo potente: 150 gendarmes, 100 prefectos, 150 policías de la Federal y 40 hombres de la Policía de Seguridad Aeroportuaria. A eso se sumó la Policía porteña. La movida ocasionó los primeros ruidos entre Ciudad y Nación.

A Bullrich no le gustó que el jefe de la Policía porteña, Diego Kravetz, caminara cerca de Eduardo Belliboni, el jefe del Polo Obrero. Recompusieron, o intentaron hacerlo, al otro día. Hubo llamados cruzados entre el nuevo alcalde, Jorge Macri; Bullrich, Kravetz y el ministro Waldo Wolff. A ninguno le espera una tarea sencilla con los piquetes. La CGT prepara una movilización para el próximo miércoles. Podría ser masiva. Milei promete mano dura.

En el Gabinete, apresurados, hablan de un cambio cultural. El jueves, al otro día de la marcha, Milei pidió un aplauso para Bullrich. Los ministros obedecieron.

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