La lactancia materna, de tabú a penitencia: «Hay madres que llegan a ver a su bebé como un castigo»

«Mi hermana, recién parida, en el hospital una semana por complicaciones, pide biberón y hasta que no enseña la teta amoratada la enfermera de turno se lo niega porque debe darle el pecho a pesar de sus deseos». «Tres meses de lactancia materna horrible aguanté, ni pezoneras ni cremas ni nada. Aguanté por presión y lo pasé fatal». «Cinco días en el hospital, cesárea, con el bebé llorando sin parar de hambre y yo llorando por él, pero las enfermeras me negaban el biberón porque ‘si no, no va a agarrar la teta y amamantar es lo mejor’». Son solo algunas de las (malas) experiencias con la lactancia natural que estos días se pueden leer en redes sociales. Decenas de mujeres cuentan sus traumas con la que consideran que es una forma más de violencia obstétrica, una violencia que se ejerce en una situación de máxima vulnerabilidad, justo después de dar a luz. Un momento en el que las emociones se solapan, las hormonas se entrelazan en un torbellino vertiginoso y el aluvión de responsabilidades cae sobre ella como una losa. Los expertos lo tienen claro: nadie duda de sus beneficios, pero amamantar no puede ser un lastre para la salud mental de la madre. ¿La solución? Apoyo e información.

«Entramos en la maternidad sin una visión realista de lo que nos vamos a encontrar y en eso tenemos que incluir la lactancia. Puede ser que la leche no baje, que el bebé no agarre o pierda peso, que ella sufra por pezones agrietados o pechos dolorosos… Esa imagen idílica de una mujer amamantando puede estar muy lejos de lo que experimentan muchas», expone Itziar Velasco, psicóloga perinatal. Por sus vivencias y por lo que ve en su consulta, Velasco alerta de las consecuencias que una mala experiencia puede tener sobre el bienestar de la reciente mamá: «Podría sentirse frustrada, culpable, estresada, con altos niveles de ansiedad e incluso depresión«. Se convierte en ocasiones en una obsesión, tanto que todo pasa a girar en torno a ella. «Dar el pecho puede ser un momento tan estresante o doloroso que a veces provoca que la madre empiece a ver a su bebé como un castigo«, lamenta.

Por su parte, Cristina Cruz, también psicóloga perinatal, considera que la presión y las altas expectativas están detrás de estos sentimientos negativos. «Para que la lactancia sea natural, la mujer debe estar acompañada. No vale la pena que le dé el pecho si eso se traduce en altas dosis de ansiedad, si la madre no se encuentra bien o tiene dolor», recuerda. Cruz deja muy claro que está a favor de dar el pecho, pero no a cualquier precio. «Tenemos que fomentar que las mamás puedan darlo, pero eso no quiere decir que tengamos que penalizar a las que no lo hagan».

Una mujer besa a su hijo recién nacido. Shutterstock

Y es que ninguna duda de los beneficios de la lactancia materna, una práctica plenamente avalada por la comunidad científica. La Organización Mundial de la Salud se refiere a ella como una de las formas más eficaces de garantizar el bienestar y la supervivencia de los niños, ya que «es segura y limpia y contiene anticuerpos que protegen de muchas enfermedades propias de la infancia». Sin embargo, no hay pruebas de que los pequeños criados con fórmula puedan desarrollar problemas a largo plazo. Según los últimos datos del INE, menos de la mitad de las madres dan el pecho (de forma exclusiva o complementándolo con biberón) en los primeros nueve meses de vida de sus hijos. Entre las causas aparecen desde el dolor físico hasta la dificultad para conciliar.

Una decisión de la madre

Lo que las mujeres reclaman es, una vez más, su libertad para elegir. «No tengo nada en contra, algunas tienen una buena lactancia y la llevan bien. Pero sí tengo mucho en contra de las presiones a las que se nos somete«, afirma Beatriz Gimeno, política y activista en favor de los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBI. También es autora del libro ‘La lactancia materna. Política e identidad’ (Cátedra, 2018). Su interés por este tema nace de su propia experiencia. «Cuando di a luz, no quería dar el pecho. No tenía leche, me resultaba muy doloroso… Pero me decían que tenía que insistir. En el hospital, pedí que me dieran biberones, pero me los negaron. Me los tuvo que subir mi hermana de la farmacia».

Gimeno recuerda con aflicción esos momentos y, visto con la perspectiva del tiempo, considera que se vio sometida a una presión «casi sádica». «Se negaban a darme la pastilla para que se me retirara la leche. Hasta que un enfermero se apiadó de mí», cuenta. Recuerda también cómo sintió que su opinión «no contaba»: «Me infantilizaron. No tenía capacidad para tomar ninguna decisión». Cuando hizo pública su experiencia le llegaron decenas de testimonios de mujeres que pasaron por traumas parecidos. «Algunas se sentían malas madres», subraya.

Por algo parecido pasó Itziar Velasco. «No me bajaba la leche y el niño tenía dificultad para agarrarse. El personal del hospital no nos dio más alternativa que seguir intentándolo por esa vía aunque el bebé no dejaba de llorar», afirma, y celebra que hoy en día existan asociaciones y asesoras de lactancia. «Aun así, pienso que la decisión debería recaer en la madre y sería ideal que pudiera contar con apoyo profesional sea cual sea la opción elegida«.

Uno de los factores que dificultan la lactancia materna es la anquiloglosia o frenillo lingual corto. Es decir, cuando el bebé tiene la lengua anclada o sujeta al suelo de la boca. Esto afecta a algo menos del 5 por ciento de los recién nacidos y provoca una succión ineficaz. Esto se traduce en que el pequeño no aumente de peso, sufra regurgitaciones, gases y cólicos. Por su parte, la madre puede llegar a padecer dolor, grietas, mastitis, infecciones bacterianas, desesperación, inseguridad o frustración. Su detección temprana permitiría tratarlo y aumentaría así la tasa de mujeres que deciden amamantar. Porque este problema tiene solución y está en la logopedia. Estos profesionales se encargan de estimular las zonas orofaciales y ayudar a que la lengua vuelva a realizar un rango de movimiento suficiente

La información es, precisamente, el eje sobre el que Cristina Cruz considera que debería pivotar la elección de la alimentación de los recién nacidos: «Se debería informar sobre los beneficios de amamantar, pero también las mujeres deberían saber que hay otros métodos, algunos intermedios. Eso sí, sin presionar hacia un lado ni hacia el otro. No debería haber una ‘liga del biberón’ ni una ‘liga del pecho’». Esta psicóloga considera que si las mamás cuentan con información suficiente para saber que si sufren una lactancia complicada no deben culpar a su cuerpo. «Muchas veces, si no dan el pecho no es porque no quieren. Y se encuentran solas. Creen que el vínculo con su hijo se va a romper pese a que va mucho más allá de dar el pecho».

Pasos atrás

Al analizar esta situación no hay que perder de vista una paradoja: se trata de la resurrección de un debate que se creía superado. Varias generaciones se han criado con biberón, una práctica totalmente normalizada. Fue un avance que en los últimos tiempos se ha sustituido por presiones y condena social. La explicación no es sencilla y responde a múltiples factores. Beatriz Gimeno destaca dos: «Por un lado, la idea progresista de la alimentación natural. Y por otro, los intentos en los 80 de devolver a la mujer a su rol tradicional».

En este sentido, Cristina Cruz lamenta que los esfuerzos para ensalzar los beneficios de dar el pecho han llevado a la demonización del biberón. «Yo soy la primera que digo que hay que luchar por la lactancia natural, pero hay mamás que al optar por la fórmula artificial sienten que le están dando veneno a sus hijos. Nos hemos ido al otro extremo», indica. 

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