La nueva historia de Marcelo Birmajer: Aquí se fue Balá

La muerte de Balá nos deja una tristeza más allá de nuestra comprensión. Como cuando perdimos al genial Fontanarrosa, que estaba en plena producción creativa, nos volvemos a quedar solos. Es la paradoja de que se va uno que acompañaba a todos. Son algo distinto que los líderes: son personas que ayudan a cada individuo…

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La muerte de Balá nos deja una tristeza más allá de nuestra comprensión. Como cuando perdimos al genial Fontanarrosa, que estaba en plena producción creativa, nos volvemos a quedar solos. Es la paradoja de que se va uno que acompañaba a todos. Son algo distinto que los líderes: son personas que ayudan a cada individuo a seguirse a sí mismo. Discretamente, sin alharacas ni declamaciones, mejoran el mundo.

Trato de rastrear, en el sendero temporal de mi admiración por Balá, su influencia en mi propio trabajo. Desde su fallecimiento, hasta la escritura de estas líneas, me puse a pensar, a imaginar, si Angueto no habrá existido realmente, si no estará, incluso, al borde la tumba de su dueño. O si no lo vendrán a buscar, desde el lejano planeta desde donde se lo ofertaron, avisándole o no, a Balá en consignación. Es habitual que los niños inventen un amigo imaginario. Pero lo que ocurrió en Argentina fue que millones de niños compartieron la misma mascota invisible.

Probablemente Angueto haya sido el único perro al que no le tuve miedo. ¿Cómo impactó, en mi urdimbre de escritor, la creación de Balá de una criatura cuya verosimilitud estaba dada exclusivamente por el pacto de gestos entre el artista y su público? Sin efectos especiales ni técnicas preconcebidas de sugestión.

Quizás el propio Balá desconocía la real existencia de Angueto. En última instancia, es parte de la influencia de Balá en mi propio trabajo. Dios lo bendiga. Esa es otra relevancia de Balá en nuestra sistema de creencias; su partida nos sugiere una expresión inusual en muchos de nosotros: Dios lo bendiga (con un gestito de idea).

El humor de los Malerba o Malerva (no es ortografía inclusiva sino desconocimiento admisible), aquellos excéntricos malabaristas del show de Balá, son también una involuntaria expresión docente de cómo hacer reír. Su mezcla de seriedad y disparate en la confección de cuadros gimnásticos de supuesto riesgo -como un falso salto mortal- pueden detectarse en muchos de los éxitos humorísticos argentinos posteriores, hasta llegar a nuestros días.

Ya de adultos, nos sumergiríamos en otras formas del humor, quizá más relacionado con las palabras, menos intuitivo; pero lo que rescato como prodigio es que Balá era capaz de hacer reír a los niños con un humor tan inteligente y singular como el que luego encontraríamos en las más sofisticadas ficciones para adultos. Y que esa conexión directa entre Balá y su público infantil, generó, como lograron otros grandes artistas argentinos -María Elena Walsh, Palito Ortega o Pipo Pescador-, una cosmovisión, una forma de ver el mundo, virtuosa, de varias generaciones de personas.

Tenemos códigos en común, los argentinos, como espectadores de Balá, que nadie nos impuso, nadie intentó insuflarnos, no estaba relacionado con el deber ni la devoción. Pero estaba bien. Si algo estaba bien y no podía salir mal -a diferencia de las figuras “olímpicas” de los Malerba- era el show de Carlitos Balá.

El “mamá cuando los vamos”, con puntos de contacto con otro genio, Juan Carlos Calabró y su Borromeo, le aportó a la clásica figura humorística de la idishe mame, no el hijo insoportable, sino el dúo de madre e hijo como dupla insoportable.

Yo creo que no he leído Esperando a Godot, de Beckett, ni lo vi nunca interpretado; pero nuestro acercamiento infantil a esa espera interminable fue a través del personaje del niño que le preguntaba a la madre, donde quiera que estuvieran: “mamá, ¿cuándo los vamos?”. Por el resto de nuestras vidas, los espectadores de Balá, cuando sufrimos una reunión no requerida, le suplicamos a una entidad indefinible: “mamá, ¿cuándo los vamos?”.

Durante toda mi carrera, ya fuera al cerrar un cuento propio o al leer un cuento ajeno, me hice en silencio la pregunta infalible que Balá pronunciaba en voz alta para interrumpir necesariamente a su interlocutor: “¿Y la aneda?”.

Puede ser un cuento de Carver, de un desconocido o propio, pero yo me pregunto, directo desde mis seis años mirando a Balá hasta hoy: “¿Y la aneda?”. La aneda para mí es la moneda de oro en el fondo de la fuente de la memoria.

¿Y quién, en cualquier otra parte del mundo, podrá saber a qué nos referimos cuando nos preguntamos, en voz alta o para nosotros mismos, “¿Y la aneda?”?

Esa convicción compartida, de que debe haber una aneda, un sentido, un piadoso remate, en las imaginarias porciones auto conclusivas de una vida que es, como dijo otro genio, “un relato lleno de sonido y de furia, contado por un idiota, sin ningún sentido”, nos reúne.

En ese bienestar, queríamos vivir acá. Por eso gente como Balá mejora el mundo: porque le dan a cada uno ganas de vivir en el lugar donde vive.

Una vez, hace una eternidad- una eternidad un poco más corta que aquella en la que él acaba de entrar-, lo entrevisté. Fui a su circo, me maravillé con la función, y luego le hice la nota, ya no me acuerdo para qué revista. Pero las preguntas y respuestas, el milagro de poder conversar con figuras como Balá, o Palito Ortega, o María Elena Walsh, nunca están a la altura de lo que nos regalaron cuando fuimos aleatoriamente su público.

También hace una eternidad, en una reunión de fin de año de una editorial, me encontré con María Elena Walsh. Yo acababa de publicar una nota satírica sobre los perros, en la revista Viva; y me habían respondido con millares -literalmente- de cartas hostiles. Me acerqué a manifestarle mi admiración a María Elena, y ella me conmovió diciéndome: “Me encantó tu nota sobre los perros”. Le tendría que haber dicho: “con la excepción de Angueto”. Que Dios los bendiga.

POS