Es enfermero y luchó contra el Covid, pero se va del país por no poder pagar un crédito UVA

Martín Baistrocchi tiene 36 años, es licenciado en enfermería de la Universidad Favaloro, donde estudió cinco años y lleva más de una década de experiencia. Trabaja en el Instituto Cardiológico de Buenos Aires (ICBA) y hasta marzo de 2021 también ejercía en el Instituto Argentino del Diagnóstico (IADT), donde estuvo en la Unidad de Terapia…

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Martín Baistrocchi tiene 36 años, es licenciado en enfermería de la Universidad Favaloro, donde estudió cinco años y lleva más de una década de experiencia. Trabaja en el Instituto Cardiológico de Buenos Aires (ICBA) y hasta marzo de 2021 también ejercía en el Instituto Argentino del Diagnóstico (IADT), donde estuvo en la Unidad de Terapia Intensiva, en la línea de fuego atendiendo a los pacientes con Covid. A partir de abril, ya sin uno de sus trabajos, dice que debió elegir entre pagar la comida para su familia o el crédito UVA, que sacó en 2018. Ahora está a punto de emigrar a Alemania.

“Con dos trabajos y habiendo sido papá hacía unos meses, con mi mujer Yamila pedimos en 2018 un préstamo de 3.300.000 pesos. Hace unos días el banco me envió un mail para que regularice mi situación“. Baistrocchi cuenta que venía cumpliendo con las cuotas del préstamo hasta que al perder el trabajo de enfermero en el IADT debió enfrentar un dilema: “¿Mi familia o el banco?”. Después de interminables cabildeos familiares, dejó de pagar cinco cuotas entre abril y agosto, totalizando una deuda al día de hoy de $274.200 pesos.

“La última cuota que pagué en marzo no llegaba a 30 mil pesos y desde abril saltó a 54.200, lo que coincidió con que perdí una fuente importante de ingresos”. Hasta ese momento bisagra, Baistrocchi cumplía horarios de 13 a 20 horas en un establecimiento y de 21 a 7 en el otro. “Con un hijo del corazón de 13 años y una beba en aquel momento de dos, muchas veces me quedaba a dormir en el auto cerca del trabajo. Prefería descansar cuatro o cinco horas y no ir a mi casa en San Justo y dormir dos o tres, en tiempos que por el coronavirus estaba muy exigido”.

Baistrocchi en una de las jornadas que por los tiempos laborales debió dormir en el auto.

En los últimos meses la deuda hipotecaria empezó a calar hondo en la familia Baistrocchi, que miraba con preocupación no sólo cómo crecía ésa, sino se incrementaba la otra: “En paralelo con el crédito pedimos 400 mil pesos para pagar la escritura, cuyas cuotas pagué religiosamente hasta marzo de este año. Hoy resulta que debo 11 millones de pesos a un banco y 600 mil pesos a otro. Me llaman todos los días y siempre respondo lo mismo, que soy enfermero y que estoy buscando otro trabajo”.

Tenía muchas responsabilidades que enfrentar Baistrocchi, no podía permitirse flaquear. Además del apremio económico, hacía poco había nacido su hija Tiaret: “La veía muy poco porque el laburo me consumía en lo físico y me quemaba emocionalmente. Todo el drama del Covid me hacía olvidar las deudas y un día hubo un click que me hizo cambiar el foco de las preocupaciones: fue cuando a un padre de 33 años, con el que me sentía identificado, le teníamos que poner el respirador porque su situación pulmonar era muy delicada”.

Se emociona al recordar la escena. “La mujer se despidió de él con un conmovedor ‘Fuerza gordito, todo va a salir bien, nos vemos cuando te liberen del respirador’, le dimos las pertenencias de su marido y se fue. Cuando le colocamos la vía respiratoria, el muchacho me agarró la mano y me dijo: ‘Flaco, por favor, te lo ruego, no me dejes morir, tengo dos hijos, los quiero volver a ver’. Lo tranquilicé, le dije que estaba en buenas manos… Y no podía dejar de imaginarme que yo podía estar en ese lugar, todo el tiempo lo pensaba. Fue traumático para mí enterarme de su muerte en un turno en el que yo no estaba”.   

Durante meses, Martín debió hacer frente a “situaciones extremas como la de embolsar hasta dos cadáveres por guardia… Por más profesionalismo y frialdad necesarios, uno estaba deshecho, porque debíamos seguir adelante, higienizar la habitación y recibir casi al instante al nuevo paciente”. En ese contexto, repartía currículums en distintos establecimientos, adonde fue entrevistado pero sin suerte. “Yo sabía que tenía que encontrar algo como sea porque los créditos me estaban devorando”.

Martin Baistrocchi junto a su mujer Yamila y sus hijos Tiaret (3) y Benjamín (13).

Casi como un guiño del destino, sin buscarlo, a Baistrocchi le llegó un dato lejano que hoy se transformó en su objetivo a futuro, en la luz al final del túnel. “Tengo un amigo enfermero que está trabajando en Alemania y a través de él me enteré que hay varios colegas allá, desempeñándose con grandes perspectivas. Me llenan la cabeza, me dicen que no lo dude y me pregunté por qué no intentarlo… Hablé con mi mujer, con mi hijo más grande, les comenté de esta posibilidad y me apoyaron ciento por ciento”.

Hay una empresa alemana, Perseu, “que recluta enfermeros argentinos, muy bien considerados en el exterior, para ir a trabajar a Alemania con determinados requisitos: ser licenciado en enfermería, contar con una vasta experiencia en áreas críticas, tener menos de 40 años y hablar alemán. Cumplo todas las pautas menos la del idioma”.

Desde abril Baistrocchi está estudiando alemán cuatro horas por día y ya aprobó dos niveles. “En octubre tengo un examen que si lo paso me aseguraría poder viajar en enero. Puedo reprobarlo y se desmoronaría la chance, pero en caso de avanzar, estaría en Alemania seis meses solo, estudiando y trabajando”.

El amigo enfermero de Baistrocchi, Pablo Palacios, llegó hace un año a Düren, cerca de Colonia, y está alquilando su casa donde vive con su mujer e hija. “Él es mi norte, mi referencia, todo lo que me dijo que sucedería ocurrió: llegó, estuvo viviendo en una residencia, estudiando el alemán de la jerga médica y haciendo prácticas en un hospital. Empezó ganando 1.500 euros y hoy tiene un sueldo de 3.000. Estoy enfocado en el examen que tengo que dar, que podría darme a mí y a mi familia un giro de vida radical”.

El diploma de egreso de la Universidad Favaloro, que recibió en 2012.

Saberse deudor es un “repiqueteo” constante, que aparece -dice- “en los momentos más difíciles” de su trabajo. Sigue: “Saber que pese todo el esfuerzo qué hacés por salvar vidas no vas a poder pagar la cuota de tu casa, es desalentador, porque no hay solución, uno sabe que no la hay por más promesas que te quieran hacer. Yo saqué un crédito a 30 años para dejarle una casa a mis hijos, y me doy cuenta que les estoy dejando un dolor de cabeza, una deuda interminable, una bomba de tiempo. Es muy mortificante laburar catorce o quince horas por día… Hay momentos que te preguntás ‘¿para qué me estoy matando?'”.

Baistrocchi en los primeros meses de pandemia, con indumentaria de bioseguridad.

Baistrocchi está convencido de embarcarse en esta aventura teutona junto a su familia, que lo sigue a sol y a sombra. “Mi mujer y mi hijo Benjamín están entusiasmadísimos estudiando alemán. Vemos películas en Netflix en alemán sin subtítulos y mi hijita de tres años ve Pepa Pig también en alemán. Benjamín en realidad es hijo del corazón… Tiene a su papá, con quien tuve que hablar para comentarle sobre la chance de viajar y me encontré con un hombre agradecido por poder brindarle una oportunidad a su hijo que él nunca iba a poder”.

Baistrocchi, junto a su hija, en una marcha de los hipotecados UVA.

Pese a su entusiasmo, a Baistrocchi lo embarga la amargura por la realidad argentina. “Acá no hay nada que hacer y lo digo con mucha pena y tristeza… Nos valoran más afuera que acá, está claro, vienen de Alemania a buscar enfermeros argentinos, ¿qué significa? Que hay profesionales idóneos, pero en un país que seamos sinceros, está hundido… La verdad, ¿puede mejorar la Argentina? Yo vivo en La Matanza y salvo para salir a laburar no nos movemos de casa… Acá no sabés cuándo te ponen el fierro en la cabeza. Vivo paranoico para salir a laburar y para volver”.

PS

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