Radusky visita en “Planta permanente” una “tragedia contemporánea argentina”

Rosario Bléfari y Liliana Juárez, como las protagonistas. El cineasta Ezequiel Radusky estrena mañana “Planta permanente”, filme al que define “como una tragedia contemporánea argentina”, donde el espectador “acompañará al héroe en su caída”, y cuya emisión será a través de Cine.ar TV y desde este viernes en Cine.ar Play. “Una querida amiga me dijo…

Radusky visita en “Planta permanente” una “tragedia contemporánea argentina”

Rosario Bléfari y Liliana Juárez, como las protagonistas.

El cineasta Ezequiel Radusky estrena mañana “Planta permanente”, filme al que define “como una tragedia contemporánea argentina”, donde el espectador “acompañará al héroe en su caída”, y cuya emisión será a través de Cine.ar TV y desde este viernes en Cine.ar Play.

“Una querida amiga me dijo que la película habla de cómo los pobres nos peleamos por las migajas que nos deja el sistema. En esa frase se resume lo que quiero reflejar con este filme”, explicó Radusky en entrevista con Télam.

“Creo que si no modificamos ese comportamiento y de una buena vez nos ponemos a trabajar para limar esas asperezas, la oligarquía nos pasará por encima una y otra vez hasta que no quede nadie en pie”, afirmó el realizador que codirigió junto a Agustín Toscano “Los dueños” en 2013.

La cinta narra el derrotero de dos empleadas públicas que se desempeñan como personal de limpieza en una de las tantas dependencias estatales y que encontraron una forma de subsistencia con la gestión de un comedor, armado de forma irregular en un rincón abandonado del edificio donde trabajan.

Pero todo cambia con el desembarco de una nueva directora, llena de engañosas promesas, que cierra el comedor y genera despidos masivos que transforman las tareas cotidianas y las relaciones de las personas en ese ámbito.

Con todas sus problemáticas, el Estado es la entidad que debe regular el funcionamiento de la sociedad.

Ezequiel Radusky

Rosario Bléfari (fallecida en julio pasado) y Liliana Juárez protagonizan esta cinta junto a Verónica Perrotta, Sol Lugo, Nina Suárez, Horacio Camandulle y Pedro Palomar, que se estrenó en la Competencia Oficial de la 34ta. edición del Festival de Cine de Mar del Plata, en donde Juárez obtuvo el premio a Mejor Actriz.

Télam: ¿Cuál fue la génesis de esta historia?
Ezequiel Radusky: En primer lugar entre 2013 y 2014, sentí un temor muy grande ante el resurgimiento del desclasado argentino y esa eterna enfermedad que no deja de lastimar a las clases trabajadoras. La queja por parte de la clase media ante el avance de las personas de menos recursos gracias a las políticas de Estado me parece algo abominable. El segundo punto tuvo que ver con una situación que ocurrió donde trabajaba, cuando una señora que nos vendía comida casera decidió abrir un bar en un lugar que estaba en desuso dentro de la repartición. Nosotros, sus compañeros, la alentamos, pero luego muchos empezaron a calumniarla. Después de un tiempo la mujer dejó de cocinar y contrató a una chica, la comida bajó su calidad y dejamos de comprarle y, finalmente, a los dos meses le clausuraron el bar.

Planta permanente

Además, durante ese año, tuve una serie de desencuentros con un jefe, un tipo sumamente incompetente y por ende inseguro, pero que ocupaba un lugar de poder. Después de aguantar meses sus malos tratos terminé yéndome y ninguno de mis compañeros saltó en mi defensa, pero claro, la desprotección que tenemos los trabajadores de bajo rango ante los jefes es tal que cuesta mucho mantenerse unidos.

Por último, el gobierno de Macri, la larga y oscura noche de su gestión fue penetrando en la trama de las versiones que prosiguieron. Casi no había esperanza para mí, hasta que comenzó a levantarse la “Ola Verde”. Creo que las mujeres demostraron que la unión hace la fuerza, que si hay fisuras, se habla y se las corrige, pero siempre juntas. Pusieron en evidencia que en esta era tenemos que cambiar profundamente las estructuras de poder que venimos padeciendo hace siglos, esa estructura patriarcal que nos trajo hasta aquí y que claramente funciona mal.

T: Existe la creencia que quien trabaja en el Estado ahí se jubila, ¿vos en cambio planteas la supervivencia en ese ámbito?
ER: Con todas sus problemáticas, el Estado es la entidad que debe regular el funcionamiento de la sociedad. Aborrezco la idea de que debería ser administrado como una empresa. Lo que muestra la película ocurre de verdad, pocos funcionarios son realmente amables con los de más abajo. No me parece nada mal que haya personas que piensen en jubilarse en el Estado. La carrera administrativa es tan genuina como cualquier otra. Pero este tipo de fisuras son exactamente las que la oligarquía aprovecha para generar un discurso de odio en relación a los trabajadores del Estado.

T: Las protagonistas tienen aspiraciones y luchan por sus sueños que se ven truncados una y otra vez, ¿Dónde queda el discurso del mérito?
ER: El mérito sin contexto es una mentira. Alguien que trabaja 12 horas por día limpiando baños claramente no tendrá las mismas oportunidades que quien estudia muchas horas, duerme bien y busca el trabajo ideal desde su computadora.

Sin embargo, creo que las protagonistas de mi película quieren vivir mejor, quieren que las traten bien, tienen deseos, se enojan, se alegran, son humanas. El discurso del mérito propuesto por las clases dominantes siempre viene acompañado por una prédica de desprestigio de los que tuvieron menos suerte en la vida y lo complejo es que algunas personas de las clases trabajadoras compran este discurso. Creo que la meritocracia es un concepto medieval.

T: Las relaciones que se generan en base a jerarquías y las traiciones y luchas entre compañeros que vienen de una misma clase social, ¿Es comparable con lo que pasa hoy en la sociedad?
ER: El gran problema de este país son los oligarcas. Ellos son los gestores del odio en el mundo. Son los que nos venden a la meritocracia como un bien, son los que se encargan de confundir a la gente que para comer tiene que trabajar en cuatro lugares, 14 horas al día. Esto es lo que genera desunión entre las clases trabajadoras. Pensemos en los policías que reprimen enfermeros. Esa postal es la más clara imagen del desclasado. Jamás vimos a un policía revelándose a quien lo manda a reprimir. Los calabozos del terror existen y cada tanto se sueltan bestias para recordarnos que son parte de nuestra existencia. Pero realmente creo que se pueden cerrar esas puertas de una vez y para siempre. La hora de los pueblos tiene que llegar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *