Mario Davidovsky y la “memorabilidad” de la armonía

El compositor argentino Mario Davidovsky murió el sábado 23 de agosto en Nueva York, a los 85 años. Había nacido en Médanos, un pueblo del sur de la provincia de Buenos Aires, y desarrolló toda su carrera en los Estados Unidos, donde se radicó en 1958, tras unos años de formación con Guillermo Graetzer y…

Mario Davidovsky y la “memorabilidad” de la armonía

El compositor argentino Mario Davidovsky murió el sábado 23 de agosto en Nueva York, a los 85 años. Había nacido en Médanos, un pueblo del sur de la provincia de Buenos Aires, y desarrolló toda su carrera en los Estados Unidos, donde se radicó en 1958, tras unos años de formación con Guillermo Graetzer y Teodoro Fuchs. A su colega y amigo Francisco Kröpfl le gusta mencionarlo como un caso de “penetración cultural al revés”, debido al impacto que produjo su música en cierta escena estadounidense; más específicamente sus Sincronismos, una serie de piezas muy sutiles para distintos instrumentos solistas y cinta iniciada en los años ‘60, que combinaban la novedad del laboratorio con la ejecución instrumental; esto es, la música fijada definitivamente en una cinta magnética con los imponderables de la ejecución en vivo. Davidovsky nunca vio ventajas en la supresión de la figura del intérprete; con el paso de los años dejó también de ver las ventajas del laboratorio y fue volviendo, como tantos, a la composición instrumental. Los Sincronismos son en cierta forma instrumentos ampliados. El sexto, para piano y cinta, que aquí en la Argentina fue ejecutado en más de una ocasión por Susana Kasakoff, recibió el Premio Pulitzer en 1971.

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En 1987 la Agrupación Nueva Música festejó su 50 Aniversario con un concierto en el Teatro Colón, para el cual repatrió a sus dos grandes embajadores en el extranjero: Davidovsky desde los Estados Unidos y Carlos Roqué Alsina desde Francia. De Davidovsky se oyó el Divertimento para violonchelo y orquesta, con el solista Fred Sherry; de Roqué Alsina, la Primera sinfonía, con la Filarmónica de Buenos Aires dirigida por Antonio Tauriello. El concierto se completó con dos números de Continuidad 1960 del fundador de Nueva Música, Juan Carlos Paz.

Un gran concierto, sin duda, pero más me impresionó la charla que Davidovsky dio unos días después en un encuentro abierto al público con jóvenes compositores, organizado por Gerardo Gandini en la Fundación San Telmo. En esa ocasión el músico hizo escuchar un cuarteto de cuerdas suyo en una grabación del Emerson Quartet, y habló de la necesidad de recuperar la “memorabilidad de la armonía”. Resultaba sorprendente que un modernista electroacústico se pronunciase de ese modo; y no sé qué otro término podría funcionar mejor que ese anglicismo. Porque de eso se trataba; no de restablecer un sistema armónico, sino de seguir pensando en la armonía, de no dejarla completamente librada al azar. La armonía debía continuar siendo memorable, esto es, debía dejar su marca en la música. De más está decir que esa idea no gozó de la aceptación de todos los presentes.

En 2014 el músico volvió a Buenos Aires para otro aniversario, pero ya no de Nueva Música sino del mismo Davidovsky. El Centro de Experimentación del Teatro Colón lo invitó para celebrar sus 80 años. El músico argentino vino de nuevo con Fred Sherry, entre otros grandes instrumentistas del Ensamble Nunc, fundado en 2007 por la violinista Miranda Cuckson. Pudieron oírse los cuartetos N° 1 (flauta, violín, viola, chelo, 1987) y N° 3 (piano, violín, viola, chelo, 2000), Festino (guitarra, viola, chelo, contrabajo, 1994), Dúo Capriccioso (violín y piano, 2003) y Romancero (soprano, flauta, clarinete, violín, chelo), además del Sincronismo N° 10, de 1992, para guitarra y cinta, obras de gran fantasía tímbrica y de una expresión intensa y reservada, de matriz weberniana.

En aquella ocasión compartimos un almuerzo y, entre otras cosas, conversamos sobre el pianista Lang Lang. Dos meses atrás yo había escuchado su segundo recital en Buenos Aires y estaba un poco obsesionado con el tema; no dejaba de preguntarme cómo un pianista tan virtuoso puede arruinar algo tan noble y en cierto modo transparente como una sonata de Mozart, por el simple expediente de hacer rubatos todo el tiempo. Davidovsky me dio una respuesta, por medio de una generalización sin duda impronunciable en alguna de las universidades estadounidenses en las que él había enseñado toda la vida. Me dijo que los chinos carecían de un cierto romanticismo que comienza en la música de Bach. La explicación tal vez no fuese demasiado convincente (una de las mejores intérpretes vivas de Bach es Zhu Xiao-Mei, pianista china con Revolución Cultural incluida), pero de todas maneras me gustó; tanto por la idea de que los arrebatos sentimentales de Lang Lang no guardan conexión con la experiencia romántica, como por la convicción de que el romanticismo, más que un período histórico, es un estado del espíritu.