Héctor Starc: visita guiada a la casa de los tesoros del rock argentino

Entrar en la casa de Héctor Starc es meterse en una especie de tunel de tiempo que transporta, a quien tenga la fortuna de franquear su puerta de ingreso, a los inicios del rock nacional, de la mano de uno de los mejores guías que uno pueda contratar. Guitarrista de Aquelarre, Tantor y El 60 y de muchas…

Héctor Starc: visita guiada a la casa de los tesoros del rock argentino

Entrar en la casa de Héctor Starc es meterse en una especie de tunel de tiempo que transporta, a quien tenga la fortuna de franquear su puerta de ingreso, a los inicios del rock nacional, de la mano de uno de los mejores guías que uno pueda contratar.

Guitarrista de Aquelarre, Tantor y El 60 y de muchas otras formaciones -en más de un caso sin nombre propio-, responsable del sonido de incontables shows y artistas, entre ellos Seru Giran; compañero de ruta de Pappo, Luis Alberto Spinetta, David Lebon, Charly García y una larguísima lista de nombres ilustres del género, Starc atesora instrumentos, equipos, infinidad de objetos de distinto tenor y, sobre todo, anécdotas e historias que el músico relata con una gracia especial y una maravillosa incorrección política.

Es cierto que ya no tiene entre sus tesoros la coupé Mercedes -“era una modelo 69 muy rara, muy valiosa”- que Spinetta se había comprado “con la guita de la reunión de Almendra”, que años más tarde le vendió a Héctor, y de la cual que el guitarrista no se atrevió a desprenderse mientras vivía el Flaco. “Luis era un tipo tan peculiar que le hubiera molestado que vendiera el auto”, dice.

El guardián de los tesoros. Héctor Starc, uno de los músicos esenciales del rock argentino, cuya historia documenta a través de sus objetos preciados. (Foto: Andrés D’Elía)

Pero enseguida el anfitrión explica que tener un auto y no usarlo es un drama y confiesa que de su venta salió buena parte de lo que pagó por el lugar en el que estamos ahora. “Por eso, en parte, le debemos a Luis algo de esta casa“, admite el músico, que el viernes 8 de noviembre hará en el CCK (entradas agotadas) un repaso de las distintas etepas de su trayectoria, con las dos formaciones de Tantor incluidas.

-Tenías algo de Sandro también, ¿no?

-No, de Sandro no tuve nada. Yo no le daba mucha bola, porque era de otro palo. Él tenía una guitarra, una Gibson de caja hermosa que la pintó pintado de blanco para hacer un espectáculo con luz negra. Pero ahí te das cuenta por qué no era de mi palo. ¿Cómo vas a píntar con spray blanco una Gibson de caja lustrada? Había que ser un hijo de puta para hacer algo así. Yo sabía que existía, y siempre la quise recuperar. Inclusive le pregunté a mi luthier si la podía restaurar. Pero justo Sandro murió, y no lo hicimos.

Mientras habla, Starc se para frente a un miniescenario donde todo está dispuesto como para que Aquelarre suba a tocar ya mismo. El bajo que Emilio del Guercio traía desde la época de Almendra, la batería de Rodolfo García (también con algunos elementos de los tiempos de su banda anterior), con sus parches originales, el primer plato que tuvo y otro que había cortado para que no se siguiera rajando.

El escenario de Aquelarre, tal como lucía cuando la banda salía a tocar. (Foto: Andrés D’Elía)

Más allá, el teclado que usaron para la reunión del grupo, en 1998 y al fondo un baffle y un cabezal Fender que se elevan poco más de un metro y medio. “Ese equipo es igual al que usaba yo, que era el de Pappo en Los Gatos. Es un fender Dual Showman 1969. Ellos habían traido dos, uno para el bajo y otro para la guitarra. Cuando Pappo se fue de la banda, se lo quedó Alfredo Toth, con quien yo había tocado antes de que se juntara con Litto Nebbia, y se lo compré. Pero como se ve que en ese tiempo era bastante pelotudo, lo vendí”, cuenta.

La reunión de Aquelarre lo impulsó a rastrearlo, y se enteró que que había pasado a manos de “un tipo que tocaba con Victor Heredia, que cuando se mudó había tirado el baffle a la basuira”, y que había vendido el cabezal por Segundamano. “¿Cómo vas a tirar el baffle Fender que era de Los Gatos? Pero hay gente que le chupa un huevo todo eso”, se pregunta y se responde, Starc.

Y sigue: “Entonces me acordé que Litto le había comprado éste a Roque Narvaja, junto con una Gibson 335, y que luego se lo vendió a Baby López Furst, quien lo dejó en el primer Jazz & Pop. Ahí se enchufaba todo”. Finalmente, Baby accedió a negociar el cabezal con Starc, y después de la muerte del pianista, sus hijas hicieron lo propio con el baflle.

Allá, el Farfisa que Ciro Fogliatta usó para grabar La Balsa; más acá, el teclado que usaba Diego Rapoport. (Foto: Andrés D’Elía)

El guía señala, entonces, el equipo de Del Guercio, y retoma: “Cuando fuimos a Europa, él se llevó un Ampex que era una mierda. Pero cuando estábamos en España, justo vimos Pink Floyd en Pompeya, donde Gilmour tenía equipos HH. Así que agarramos el Volswagen mío y el de Moris, y nos fuimos a Londres. Ahí empezó mi empresa de sonido, porque me traje cuatro baffles, la stage box donde se enchufaba todo y la primera ‘manguera’ que hubo en la Argentina para poner la consola alejada del escenario. De todo ese viaje lo que queda es esto. Tengo alguna foto en la que están Moris, Emilio y Rodolfo empujándolo por las calles de Londres”.

Con apenas girar y dejar detrás la etapa Aquelarre y los monitores que usaba Seru, la mirada se encuentra, de un lado, con el teclado Farfisa que usó Ciro Fogliatta para grabar La Balsa, otro con el que Diego Rapoport grabó en los discos de Lebon y Spinetta y, al lado un equipo Acoustic de Jaco Pastorius. “Se lo compró Milrud, que le hizo el sonido”, dice, y bromea: “Lo cambió por una bolsa”.

Hay más; un par de órganos Hammond -uno comprado a un concertista y el otro a un cura de San Cayetano-, una vitrina dedicada a guitarras Gibson, otra a Fender y muchas guardadas en sus fundas. “Colgar una guitarra de caja me parece un sacrilegio”, advierte.

La vitrina de las Gibson; a unos metros, está la de su competencia. (Foto: Andrés D’Elía)

-¿Sabés cuántas son?

-No las cuento. Cuando me preguntan ‘cuántas guitarras tenés’, digo que la pregunta correcta es ‘cuáles’. Porque si quiero, me voy a Honk Kong con 1.000 dolares y me traigo un montón. Acá, cada cosa tiene una historia. 

Entonces, para certificar lo que dice, Starc vuelve a Spinetta y saca de una funda la Stratocaster roja y blanca “con la que Luis grabó Artaud”, que merecerá, según dice, una vitrina exclusiva. Posiblemente al lado de lo que quedó de la acústica que el cantante rompió en pedazos después de caer de espaldas en el escenario al errarle a la silla. 

“Colgar una guitarra de caja me parece una herejía”, dice Starc. Por eso, cada una es conservada en su estuche. (Foto: Andrés D’Elía)

-¿Las tocás?

-No. Lo más lindo es cuando de tanto en tanto abro un estuche y digo: ‘Uh, qué bueno’. Pero la mayoría de las guitarras  nunca fueron enchufadas. Las tengo porque forman parte de mi vida. 

Como parte de la vida de Starc forman un par de botas algo maltrechas que apoya sobre la mesa y que también vienen acompañadas de palabras: “Una noche, a la madrugada, estábamos en Prix D’ami, en la época crazy, pasa Pappo con alguien y para de golpe. ‘Esperá’, le dice q la persona que estaba con él, vuelve, se saca las botas, las pone sobre la mesa y dice: ‘Estas son las que usaba en Riff’, y se va descalzo (risas)”.

Las botas que Pappo usaba cuando tocaba con Riff, que Starc recibió en una escena desopilante. (Foto: Andrés D’Elía)

Nada demasiado excepcional para el hombre que decidió hacer de una lap steel de doble diapasón dos de sólo uno. “Un día fui a la casa, subí, y cuando me vio dejó de tocar. ‘Escuchame una cosa: ¿para qué es el otro  mango?’, me preguntó. Y le respondí que suponía que era para afinar mayores y menores. ‘Ah, ¿querés la mitad? Porque yo en menores no toco’. me dijo. Silla, serrucho… La cortó y dijo: “Así tenemos una cada uno. Y me dio este slide de metal. Con eso grabé en el tama Cantemos tu nombre, en el primer disco de Aquelarre.”

El tour sigue por varios baffles Marshall, entre ellos, el primero que trajeron Los Gatos cuando viajaron a Europa en barco. “El boludo de Pappo se hacía el Hendrix y lo rompió todo; le clavaba el diapasón”, cuenta Starc, que señala el que está al lado como uno de los seis que tenía Almendra. Y explica que el tercero, aunque lo usaba G.I.T. y contraviene la regla de que todo lo que está en su “museo” debe ser de los ’70 o antes, tiene el agregado de un parlante que había sido del Carpo.

Cada Marshall tiene su historia; entre ellos las Gibson Flecha que la marca sacó al mercado en 1958. (Foto: Andrés D’Elía)

El Carpo es apenas uno de los muchos rostros que habitan en la pared que Starc le dedicó a las fotos que repasan el período de los BaRock, que siempre tuvieron al guitarrista como número de apertura. El último, obviamente no cuenta.

“Este es el primer BARock; este es el II. Acá el grupo se formaba con Lebon, el negro Black (Amaya), Rinaldo (Raffanelli) y el negro Jorge Montes, que entró porque también tenía una Les Paul. Era parecido y tenía la onda de Santana. Esta es el del 82, con Rino, (Oscar) Moro, y esta era en el Cine Pueyrredón de Flores, que para mí, que era de Floresta era como el Madison Square Garden”, guía Starc.

Ahí están él, El Pasto (bajista), Alberto Casino, al que “habían rajado de Arco Iris”. Amplía, el anfitrión: “El que ponía la guita era un compañero de colegio mío. Nosotros pedimos que tocara Almendra, pero el pibe agregó a Banana, porque el quería. Entonces, cuando terminamos nosotros, que era como Woodstock, había 1200 tipos que estaban esperando ver a Almendra, y salió Banana. Era la época en la que les había dado por usar trajes de terciopelo rojo, camisas con jabot… Fue un desastre. Querían romper todo. Eran 1200 tipos gritando ‘Banana, Banana, la c…… de tu hermana’. Recién se calmaron cuando apareció Almendra. Lo bueno es que después de eso nos llamaron para abrir el BARock, y ahí empezó todo. Fue impresionante, porque hasta ese día pensábamos que el rock acá éramos cinco o seis, y de golpe éramos 16 mil”.

Postales de los viejos y no tan viejos tiempos. Los BARock, el Pueyrredón de Flores, capítulos de una historia que se sigue escribiendo.

Demasiada información, demasiada historia, demasiado patrimonio para tan poco público. “De vez en cuando viene alguno. No me gusta más la gente”, dice y se ríe, Starc. Y explica que la mayoría de sus amigos, hoy, no son del palo. “Hoy, mi conexión con la música es tocar”, dice.

Y tira una botella con mensaje: “Estaría bueno tener un lugar, una sala en el CCK o algo así, donde pueda llevar todo esto y dar charlas, contar estas historias. Así, tengo un trabajo para cuando sea un viejo -tengo la silla de ruedas con motor Harley Davidson preparada (risas)- y la gente puede disfrutarlo”.

Viernes 8 de noviembre a las 20.30

Cómo será el concierto en el CCK

“El recital va a empezar son seis o siete temas de mi disco, con mi banda. Después, con Emilio (Del Guercio) hacemos una cosa tipo fogón…”

-¿Temas de Aquelarre?

-Sí, pero yo le dije: ‘Los temas de Aquelarre eran un quilombo, Ensayábamos 200 horas… Por qué no hacemos como eran al principio, que uno venía con una guitarra y te mostraba la canción así, pelada.’ Vamos a hacer dos canciones juntos, después hago una cancioncita de una época que estaba enamorado -como decía Lebon, amor fármaco-, que a mí me encanta, y ahí se van sumando los músicos del gruo y babú Cerviño. Vienen tres temas medio fuertones, y ahí termina la parte mía solista.

-¿Y qué sigue?

-Ahí sube el primer Tantor, con Machi, Rodolfo García y Leo Sujatovich. Lito (Vitale) no puede estar porque toca esa noche en Madrid. Hacemos dos temas: uno que canta Machi, que hice con letra de Luis, que se llama Llama siempre, y uno instrumental. Finalmente, suben Marcelo Torres y Babú, y sube la presión al máximo.

-Me parece que Marcelo Torres es uno de los grandes músicos de aquí que no son reconocidos como es debido.

-Lo que pasa es que están los musicos que laburan de músicos y tocan tremendo, o no, y los que son los que tienen algo para ofrecer. Tipos que aunque toquen y canten como el orto, como Bob Dylan, cantan sus canciones. Y hay tipos que tocan de puta madre, que terminan acompañándolos. Pero no tienen la obligación de ser Spinetta. Por eso cuando me preguntan por qué no tengo más discos explico que yo no tengo ese talento, aunque tenga un montón de canciones escritas. Yo no soy un lider ni un creador. Pero tampoco soy un músico de acompañamiento: primero, porque no tengo el conocimiento, y segundo, porque si a mí me decís donde tengo que meter el dedo te cago a trompadas. Yo toco lo que se me canta el orto. Y en Tantor somos todos iguales. Creo que justamente por eso sonó tan bien el ensayo. Y es divertido. Aparte son todos buena gente sana. Y para mí, ese es el principio de todo.

E.S.

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